A mis 9 años grité el gol de Mario Alberto Kempes. Para aquel niño fanatizado que cada semana devoraba las crónicas de El Gráfico y de Goles, sin percatarse de que estaba aprendiendo lo mejor del periodismo, ser campeón mundial era una especia de bienvenida al existencialismo futbolero. A mi alrededor, en aquella gélida tarde-noche porteña, todo era abrazos y lágrimas. ¿A qué venía tanto frenesí? Después entendí por qué.
A mis 17 grité los goles de Diego Maradona. A Inglaterra. Los dos. Y hubo más abrazos, y más lágrimas. Tantas heridas cercanas, abiertas y supurantes eran el telón de fondo y quién afirme lo contrario falta a la verdad.
A mis 21 grité el gol de Claudio Caniggia a Brasil con tanta potencia como incredulidad. Hay quienes siguen afirmando que fue el que más festejaron y a ellos sí que hay que creerles. En esa melodía flotaba otra clase de épica -bendita y manoseada palabra-; la de lo imposible hecho realidad.
A mis 25, en un rincón de la antigua Redacción de LA GACETA, no hubo palabras ni alaridos, porque si a Diego le habían cortado las piernas a nosotros nos cercenaban la ilusión de aquel frustrado last dance maradoniano.
Pasó el tiempo. Entonces, una combinación de recatada y mal entendida adultez con una flagrante falta de motivos convirtieron a los gritos de gol en cosa del pasado.
Y se me pasó la mitad de la vida. O más. Extrañando los gritos, seguramente a la juventud misma.
Ahí aparece el guiño profesional. Los viajes. Los Mundiales. La final del Maracaná con los brasileños bailando el triunfo alemán mientras intentábamos mirar para otro lado. La catástrofe rusa de la que algún día se conocerá toda la verdad. Hasta Lusail.
El festejo en Qatar
A mis 53 volví a gritar y en un lugar -Qatar- que jamás había imaginado visitar. Grité goles, los de Lionel Messi, pero también grité atajadas. Cuánta felicidad, por Dios.
Pero siempre hay algo más en esta aventura maravillosa que implica transitar por el mundo.
A mis 57 grité como no lo había hecho ni contra Cabo Verde, ni contra Egipto ni contra Suiza. Grité por partida doble, con Enzo Fernández -en su noche absolutamente consagratoria- y con Lautaro Martínez. Grité como cuando era un chico enamoradísimo de la pelota y de todo lo que el fútbol podía proponer.
Miren, en bibliotecas gigantes, las de papel y las virtuales, miles de libros intentan explicar lo inexplicable. Es una pérdida de energía afrontar ese intríngulis; no hay descripciones ni justificaciones para esta cosa latente e incontenible llamada pasión.
En fin, quedan cuatro días para desmenuzar lo que pasó y analizar lo que viene. No busque esos datos en esta columna. Y disculpe la primera persona, pecado imperdonable para los viejos y queridos editores. Es que a veces hace falta.
Sólo un par de apuntes.
Hay que agradecer al equipo por un montón de cosas, pero sobre todo porque nos representa.
Y dejarse llevar por el grito. No lo guarden. Nunca. No importa la edad.